Archive for noviembre, 2008

DOCTOR, ¿QUÉ ME PASA?

Todo el mundo conoce el estrés posvacacional. Es una especie de mezcla de desgana y tristeza con un sueño contínuo que no se cura con cafeína. Pero tranquilos, que no suele durar más de 4 semanas. Entonces, ¿por qué después de 2 meses de clases, sigo pensando que acabamos de empezar y que estoy en trámites de superar el estrés posvacacional? ¡Ah, amiga, porque una cosa es el estrés posvacional y otra cosa es el estrés poserasmus!

En realidad, es todo muy extraño. Como cuando vuelves de un viaje, que no te puedes creer del todo que has estado en el Panteón o en el Coliseo, y tienes que ver las fotos para convencerte a tí mismo. Pues lo mismo, pero con un año entero. Por ejemplo, ya no puedo casi acordarme de los viajes en el metro a la escuela, que atravesaban el bosque, o de las fondues, o de la torre del bosque de Sauvabelin. El otro día estuve hablando con Gas por el skype y me mandó esta foto:

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Y entonces empiezas a acordarte de cosas. Resulta que Gas tenía una camiseta de una vaca, y hubo una época en la que siempre que se la ponía decía: “¡Eh!, soy una vaca argentina”. De ahí que yo empezara a llamarle “Vaca”. Hasta que un día me dijo que no era una vaca, que en todo caso era un toro. Así que empecé a llamarle “Torito”. Él, cómo no, empezó a llamarme “Vaquita”. De ahí que se ponga tan sentimental cuando ve la piel de una vaca colgada por la calle. No veas la desilusión que se llevaron algunos suizos cuando les dijimos que “Toro” quería decir “Petit toreau”. Se confirmó que el rumor de que no estábamos bien de la cabeza era cierto.

Bueno, como tengo esta tendencia estúpida a escribir chorradas, tengo que recurrir a otras personas que escriben cosas profundas y copiar lo que dicen para que podáis entender lo que significa un estrés poserasmus. En este caso, parafraseo a Sebas, un amigo de mi Marta que estuvo en Florencia de erasmus el año pasado y este año sufre el mismo síntoma que servidora:

“Es horrible sentir vértigo con los pies en el suelo. Todo el vértigo de leer algo de hace un año, como por ejemplo recordar que el 2 de octubre fue la primera noche que me monte por las estrechas calles de Florencia. Pero no todo es malo o gris. Que no. Tras un año en un parentesis no querido, vuelvo a vestirme de verde y entrar en un quirófano. Maxilofacial. Desgarrador, alucinante y pequeño. Curioso. Y ahora voy a la facultad con frio. Y vuelvo feliz pero con la sensacion de tener un agujero en mitad del estomago y creyendo que se puede ver a traves de él. Empiezo a pensar que echo de menos muchos sitios y mucha gente. Sí. Supongo que se debe a que me encuentro entre anhelos y desidias. Cansado de todo y ansioso por cuatro retales mal cortados. Y confieso que a veces me dan ganas de llorar pero se las he prestado a otra gente que creo que lo necesitan más como la vecina del segundo, que no sonrie nunca. Hace tiempo que no lloro, fijate que cosas… Sonrisa de medio lado.”

Para más señas, visiten http://www.fotolog.com/dr_dominguez/42600823

TURBIO, TURBIO

Hace mucho que no os cuento alguna turbiez mía de mis años mozos. Allá va una. Cuando tenía que examinarme de selectividad, mi teoría era esta: los exámenes de física, matemáticas y dibujo están en el aire, porque puedes sabértelo todo muy bien, pero llegar al examen y no tener ni idea de cómo solucionar un problema. Esos exámenes dependen de que se te aparezca la virgen. En cambio, el examen de historia era algo seguro: te aprendes todo el rollo de memorieta, lo sueltas y ya está. Así que muy a mi pesar (porque la historia era una de mis asignaturas más odiadas del instituto, junto con lengua y literatura), me encerré a estudiarme de memoria la obra y milagros de los políticos españoles del siglo XX. Y para ayudarme a mí misma a sobrellevar esta ardua tarea, cuando quería repasar un tema se lo contaba a mi ídolo del momento, esto es, Bon Jovi, en un póster que me regaló mi prima del videoclip de “Always”. Más o menos, esto:

¿Quién da más? ¿Alguien puede superar esta turbiez? ¡Por favor, no me miréis raro después de esto!

Lo mejor de todo es que ahora, cada vez que alguien nombra a Felipe González o a Adolfo Suárez, me viene a la cabeza la imagen de Jon Bon Jovi cantando “encontraremos un lugar donde el sol todavía brille” a cinco centímetros de un micrófono. Irónico, ¿no?

MI MARTA

Mi Marta es mundialmente conocida como “la ñu por excelencia”

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(Ésta ha sido una foto promo)

Hoy hemos estado en mi casa todo el día, en teoría currando para oficio, pero en realidad cantando a vez en grito (el vecino del 5º debe odiarme, pero esta ha sido mi venganza, porque él tiene la cruel costumbre de no sacar a pasear a su bestia de 5 años los domingos por la tarde). Y ¿qué escucha la juventud de hoy en día? ¿Beyonce? ¿Shakira? ¿Mika? ¡NO! Aquí tenéis nuestro repertorio:

Y lo peor de todo es que a mi Marta lo que más le gusta es System of a Dawn, y todos esos grupos que provocan un malestar interior cuando los ves en acción, de esos que abren mucho los ojos y se mueven raro para simular que tienen un problema mental y que te van a quitar los ojos si te los cruzas por la calle y les preguntas la hora. Pero con el tiempo se aprende que mucho ruido, pocas nueces, y empiezas a verlos de otra manera.

Ni jevis, ni malotes, ni enfermos mentales, ni nada, que aquí al final todos acabamos quedándonos afónicos con Camilo Sesto.

I’LL SEE YOU IN HELL, PACHELBEL

Días como hoy deberían ir a la hoguera.
Todo bien planeadito en la agenda: los horarios organizados y apretaditos, todas las actividades planeadas, el día promete desarrollarse a la perfección, nada puede salir mal.
Joder que no.
Para empezar, mi cabeza ni siquiera oyó ninguno de los tres despertadores que me había puesto, así que en vez de levantarme a las 7 para ir a cimentaciones de 8:20 a 11:40, me levanté a las 9:00, y no penséis que fui corriendo a clase, no. Desayuné una tostada, cambié las sábanas, ordené el cuarto (total, de perdidos al río) y fui a cimentaciones de 11:00 a 11:40. Sólo os recomiendo que si queréis haceros una casa con pilotes, no me llaméis.
El caso es que con los años he aprendido a que mi falta de responsabilidad no me cree sentimiento de culpa. Así que fui por la calle escuchando la banda sonora de Hércules en francés, alegre como la abejita Maya aunque estuviera cayendo el aguacero de nuestra vida. Tan alegre estaba que cuando llegué al metro decidí echarle unas monedillas al músico que toca allí todas las mañanas. No penséis, por favor, que es agradable andar por el metro escuchando música. No. Estoy HARTA de escuchar todos los santos días la misma cancioncita: llegas a las 8:00 y está con el canon de Pachelbel; sales a las 12:00 y está el canon de Pachelbel; vuelves a las 16:00 al cursillo de photoshop y está el canon de Pachelbel; te recoges por fin a las 20:00 y… ¡está el canon de Pachelbel! Pero no importa: hoy es viernes, soy feliz y le echo unas monedillas.
Termina clase de cimentaciones (sobra decir que la profesora me odia; no entiendo por qué, ¡sólo he llegado 1 hora y 40 minutos tarde!). Salgo de cimentaciones y voy hacia el metro. Allí, el musiquillo con el canon de Pachelbel. LLego a Plaza de España a clases de francés. La tía me echa la bronca por no haber hecho los ejercicios (otra vez), me pone a redactar y resumir, me echa la bronca por no saber ni redactar ni resumir y me voy.
En esto que entro en el metro a presión y pienso: “Mâria, no te metas mucho para el fondo que tienes que bajarte en la siguiente parada” Pero no te creas que la marabunta te va a dejar que cumplas con tu propósito. ¡CLARO QUE NO, ALMA DE CÁNTARO! Empujan hasta que no eres dueño de tu cuerpo. Pero como a mala leche hoy no me gana nadie, me quedo plantada en mitad del pasillo del vagón y digo: “¡DEL PASILLO DEL METRO, NO ME MOVERÁN!” Claro, nadie dice nada, pero las miradas recriminatorias de “échate para atrás para que pueda seguir pasando gente” se clavan en la nuca. En mi caso, era una chica con maleta incluída a la que sacaba 2 cabezas. Yo, ni caso. Pero (siempre hay un pero) en ese momento arranca el tren y yo, que estaba en mitad del pasillo, no tenía ninguna barra cerca, por lo que me caí encima del chico que tenía detrás. Cuando me reincorporo, miro a la chica de la mirada recriminatoria, que ahora se había transformado en mirada de triunfo (con una ligera sonrisa de “¡pringada, te has caído!”) y llena de rabia contenida, saco el portaminas y le digo: “¿sabes cuánto daño te puedo hacer con esto?” (NOTA: ninguna hica con maleta incluída a la que sacaba 2 cabezas fue dañada durante el transcurso de este día)
En el camino en el metro, algo no funciona. No sé qué es, pero algo no va bien. Siento algo así como que me sobran manos… LLego a ciudad universitaria, escucho al musiquillo tocando el canon de Pachelbel, salgo a la calle y… ¡se me había olvidado el paraguas en la academia de francés! estáis pensando que no es posible ser tan pringada, ¿verdad? Esperad y leed.
LLego a mi escuela a las 14:30, voy a instalar el programa de photoshop para mi curso de la tarde y el programa, como el perro del hortelano: ni se instala ni se deja desinstalar. Le pido ayuda a la chica de la delegación de alumnos con la esperanza de que ella me solucionara el problema. Me mira con la cara de pena más grande con la que me han mirado jamás (imaginad el grado de cabreo que manifestaba mi cara como para que alguien que trabaja en un puesto de cara al público se apiadase de mí) y me dice: “¿Por qué no te deja instalarlo?”, a lo cual yo le respondo: “¡Yo qué sé! ¡Si lo único que quiero es un bocata de jamón!”. Así que aquí tengo el iconito muerto de risa en el escritorio y cada vez que lo abro se pone rojo y me dice: “¡Tócate los coj**** Mari Loles!” y se cierra.
Mando el programa a tomar por saco y llego a la cafetería a las 15:00, pensando en el suculento manjar de jamón. Saco el monedero y… ¡87 céntimos! Repito más alto para que os déis cuenta de la magnitud del problema: ¡87 CÉNTIMOS! En la escuela, donde el pincho de tortilla cuesta 90 céntimos. En la escuela, donde el cajero más cercano de mi banco está a media hora andando. Y claro, ¿de quién es la culpa? ¿Mía, por no preveer que me iba a quedar sin un duro? ¡NO! La culpa es DEL MÚSICO DEL METRO QUE TOCABA EL CANON DE PACHELBEL! ¿¡POR QUÉ, DIOS MIO, LE DI DINERO!? Entonces, se me enciende la bombilla: LLevaba una mochila que hacía ya mucho que no usaba (desde que estaba en Suiza), Y me sonaba que había visto unas monedas en un bolsillo. Suelto todo lo que tengo, abro el bolsillo con ansiedad incontenible, miro a ver cuánto me encuentro (¡3 céntimos, por favor, para el pincho de tortilla!). Pues no. Eran 40 céntimos. ¡Pero 40 céntimos de FRANCO! ¿Culpa mía, por no preveer que me iba a quedar sin un duro? NO. ¡CULPA DE LOS SUIZOS POR NO TENER UN SISTEMA MONETARIO CUTRE COMO DIOS MANDA! Así que voy a comprarme lo que me dé con 87 céntimos, es decir, algo de bollería. Ahora, os tengo que explicar algo. ¿Recordáis esa sensación que se tiene el día de año nuevo? No, la de paz y jolgorio por la venida de una vida nueva no. La de resaca, sed y dolor de cabeza por la noche de antes. Esa sensación de levantarte a las 15:00 y desayunar un cafecito. Esa. Pues lo mismo. Allí iba yo, con dolor de cabeza y sed, a comprarme una palmera de chocolate a las 15:00. LLega el camarero y me pregunta qué quiero. Una palmera de chocolate. Y se me queda mirando durante unos segundos, intentando asimilar la información, comprobando con su propio cerebro que había comprendido bien, con una expresión que decía: “¿¡Qué!? ¿¡Vas a almorzar una palmera de chocolate!?” Y claro, yo al borde de perder los papeles, le digo: “Pero ¿¡no ves que es día de año nuevo!?” Me la da, le pago, y en ese momento me quedan 7 céntimos. Perdón, ¿he dicho 7 céntimos? NOOOOOOO ¡7 PUTOS CÉNTIMOS!
Termino la palmera, voy a clase, llega el profesor y es que ya me veo yo, que me iba a dar vergüenza decirle que no se me instaló el programa, no fuera a ser que pensara “Pero tú, ¿qué coeficiente intelectual tienes?”. Pero antes de que empiece la clase me armo de valor y le digo: “¡NO SE ME HA INSTALADO!” (Estas cosas de “armarse de valor” suelen ser sinónimos de “impulsos irracionales de los que 3 milésimas de segundo después te arrepientes”) El tipo, que es majete y jovencito, dispuesto a solucionarme la papeleta, me dice: “Pero ¿usaste el programa que dejé en delegación?” “Sí” “Pues se lo acabamos de instalar a una chica y le ha funcionado” “¡VALE, NO ME CREAS!” Y entonces dejó de querer solucionarme la vida y me abandonó a mi buena ventura. Así que al final conseguí instalarlo en periodo de pruebas y en inglés. Mira, no he aprendido photoshop, pero he aprendido que “pincel” se dice “brush”. 35 euros para intentar mejorar mi formación como arquitecto, tirados al retrete, otra vez.
Pero ahí no acaba el día. Salgo del curso de photoshop y me voy a casa. En el metro, cómo no, el musiquillo con el ¡PU** CANON DE PACHELBEL!. Relájate, Mària, escucha la música, todavía tienes que llegar a casa, ducharte a toda velocidad, arreglarte el pelo para la fiesta de disfraces de esa noche e ir a cenar con padre y hermano, pasándote antes por Plaza de España para recoger el paraguas en la academia. Una vez recuperado el parapluie de las narices, llego al portal de casa, cargada de cosas, y me encuentro a un tiíllo que me pregunta por el portero. En teoría el portero debería estar en su casa, que está en el bajo, pero como la casa está en obras, no sabía dónde estaba. El tiíllo me aclara que venía para preguntar por el piso que estaba en alquiler en el tercero y que si yo sé algo, a lo que yo respondo: “No sé, acabo de llegar” Claro, teniendo en cuenta que estoy en el portal que hemos entrado juntos, que llevo abrigo y cacharros varios y que estoy esperando al ascensor para subir a casa, ¡ES OBVIO, QUERIDA, QUE ACABAS DE LLEGAR!. La cara del hombrecillo decía: “Ya veo que acabas de llegar a casa, pero ¿qué tiene eso que ver con que sepas o no lo del piso en alquiler del tercero?” Pero antes de que abriese la boca para decirme esto, ya estaba yo con el ataque de histeria gritándole: “¡QUE ME ACABO DE MUDAR AL BLOQUE, JODER!” Menos mal que el portero asomó la cabeza desde su casa antes de que pudiera decir nada.
Lo que vino después es, sin duda, el golpe maestro. Me bajo del ascensor. Busco. Rebusco. Vacío el bolso. Vacío la mochila. Vacío los bolsillos. Me doy golpes contra la pared. Me entra la risa histérica. Me tiro al suelo. Efectivamente: se me habían olvidado las llaves dentro de casa (y mira que lo pensé antes de salir por la mañana: “Mària, comprueba que llevas las llaves” Y después me dije: “Seguro que sí, no seas paranoica, eres la mejor, ¡no se te olvidarían las llaves dentro de casa nunca!”). Y como la divina providencia no está de mi parte este día, no había nadie en casa. Así que me voy a ahogar las penas con una cena cara: llamo a papi y a comer que da gusto.
La cena bien, en la fiesta fui la mejor Olivia Newton John de la historia y aún después de un día de perros, me sobró energía para ir a beberme un jarrón como Dios manda a Tribunal.
Para terminar, un aplauso, por favor, al hombrecillo del metro que tocaba el canon de Pachelbel. Sin ti, hombrecillo, nada de esto hubiera pasado, lo sé.

O L E , O L E , O L E , O L E , O L E , O L E , O L E , O L E