PORQUE ESTE MUNDO NO LO ENTIENDO

La verdad es que el veranito siempre me lo monto bien. Después del tour por Suiza con mi hermano, vino una semana en la playa con mi familia. Ese fin de semana me fui con una amiga a Mojácar. A la semana siguiente, Roma. Al volver, volvimos a salir a las fiestas de Fines y luego Mojácar otra vez (lugar de moda). Después, a la playa con la familia, fin de semana tranquilito para recuperar fuerzas para el siguiente fin de semana, que hemos vuelto a ir a… ¡Mojácar!. El fin de semana siguiente, spa en Águilas y al siguiente, feria de Almería. Pero no os dejo que penséis: “¡Qué morro tiene la tía!” porque al siguiente, vuelta a Madrid peleándome por tener una plaza en el grupo de Vazquez de instalaciones. ¡Yeah!
Pero de momento, no vamos a llorar. No, mejor os cuento qué tal me han ido estos fines de semana en… ¡Mojácar! (jeje, es que sólo decir el nombre es como estar de fiesta durante 1 segundo), en Almería y en Águilas.
Hay mil maneras de conocer gente en un bar por la noche, así que sería casi imposible clasificarlos. Aún así, como sabéis que a mí me gusta mucho eso de poner nombres a la gente, haré lo que pueda.
Pero antes que nada, hay que aclarar una cosa muy importante. La gente, especialmente el género masculino, se divide en dos clases:
1) Por un lado, el especimen cerdo simple. Sabes que es un cerdo, pero por lo menos sabes por dónde va a tirar, puedes preveer sus movimentos.
2) Por otro lado, el especimen cerdo complejo. Ni siquiera sabes que es un cerdo, te mantiene engañada y al final te da el golpe maestro.
No sé quién es más peligroso.
Empezando con la clasificación, primero están los “houdinis”, o lo que es lo mismo, los escapistas. Yo clasificaría a estos figuras dentro del grupo de los complejos, es decir, los que dan la estacada cuando menos te lo esperas. Suelen ser retorcidos y su profesión suele ser la medicina, en espcialidad de, por ejemplo, neumología. El caso es que son se estos que te quieres quitar de encima pero no sabes cómo. Entonces dices que te vas a otro sitio y con cara de “querida, voy a decir algo obvio”, te sueltan: “Pues nos vamos con vosotras”. En esto que estamos maquinando cómo deshacernos de ellos. ¿Les damos esquinazo? ¿Quedamos con ellos en tal sitio y no aparecemos? Pero no, somos unas señoritas, eso no se hace aunque sólo sea por educación. Sí, pues eso mismo, educación, es lo que les faltó a los señores. ¡Puf! Sin comentarios.
Pero no penséis que esto nos deprime. ¡NOOOOOOOOO! Nos pasan cosas graciosas entre medias. Por ejemplo. A Mojácar vamos en coche. Esta vez fuimos en el de mi madre, un seat córdoba con la radio rota. Bueno, casi. Según la jefa, sólo funciona una cinta de música. Y lo mejor de todo es que es una cinta de Julio Iglesias. Y claro, mejor que nada, escuchamos a Julio Iglesias. “El día que me quieras”, “Varón”, “Calor”, “Volver”…  las conocemos todas. Lo malo llega cuando, como la última vez, estamos en el coche y alguien se acerca para hablar con nosotras. Yo ni caí en la cuenta de que llevábamos a Julio Iglesias. Y claro, eso no es el tipo de música que se escucha en Mojácar un viernes por la noche… Tendríais que ver el ataque que le dio a MC.
Segundo, los graciosillos. Estos son los que hacen alarde de su sentido del humor para intentar conocer gente. Por ejemplo, un intento desesperado: “Tengo un problema” Sí, chico, ya veo. “Mis amigos me han dicho que me van a ahogar en el mar mañana por la mañana si no me echo novia esta noche. ¿Me podéis ayudar?” A lo que preguntas, claro está, que por qué tanta urgencia en echarse novia. Y contesta: “Pues porque dicen que soy un pesado y que quieren deshacerse de mí. En serio, si queréis os pago” Mmmmmmmmmmm. Sin comentarios.
Tercero, los incrédulos. LLega un punto en que ya empiezas a contar chorradas sobre tu vida. Y no se lo creen, claro. Entonces empieza el interrogatorio. Le preguntan a una una cosa y luego le preguntan a la otra la misma cosa para ver si coinciden. Por ejemplo. Pregunta a una: “¿Cómo se llama tu novio?” “Fran”. Pregunta a la otra: “¿Cómo se llama su novio?” “Javi”. A lo que responde: “Mira, habéis acertado en la a del medio”. Entonces, juegas un poquito con ellos. “¡AAAAHHHHHHHH! ¡Claro, que me has preguntado por cómo se llamaba SU novio! ¡Yo te estaba diciendo MI novio!” Y como la música está alta y han bebido, pues no se enteran. Mola.
Cuarto, los hombres perfectos. Están buenísimos, tienen carrera universitaria y trabajo bien remunerado, se han acercado a hablar con nosotras… Obviamente, no funciona. No me pidáis justificación, no la conozco.
Quinto, los que dan en el clavo. Esperando…
Definitivamente, deberían cambiar el sistema. A ver, ¿para qué se pide el carnet de identidad para entrar en las discotecas? Deberían establecer un nuevo sistema. Deberían crear un “certificado de hervores” porque la mayoría de edad no te asegura que el sujeto en cuestión tiene los niveles de hervores mínímos establecidos por los expertos. Este certificado tienes que tenerlo en regla, y si te falta algún hervor, a la calle. Y como labor humanitaria, se debarían repartir hervores de vez en cuando. Pero se tienen que ganar a pulso, claramente. Con cursillos avanzados y eso. O quizá como el carnet por puntos.
Toda la vida luchando por quitarme las gafas, y voy ayer, salgo con gafas (sí señores, todas las demás veces que he salido por Mojácar ha sido SIN gafas; alucinante), y triunfo como los chichos. En serio, no hay quien os entienda.
Pero lo mejor de todo es, sin duda, la compañía femenina. Después de todo, lo único que se te queda en la cabeza es lo bien que te lo pasas con las amigas, por mucho que se empeñe mi madre en decir que ya no estoy en edad de salir de juerga, sino más bien en la edad de darle un nieto… ¡Sí, claro! Y quedarme sin la feria de Almería, con un tío que pretendía disfrazar a una de las nuestras de torero, o sin la cena en la que nos sobraba piza y nos dedicamos a repartirla por todo el paseo, o sin sevillanas improvisadas con rebujitos y tapas de morcilla… Y claro está, después de todo esto, vienen los comentarios de las mejores jugadas. Por ejemplo, en el coche de camino entre Mojácar y Garrucha, maldiciendo a la gente en general, a algunos en particular, y deseando llegar a casa para comernos la napolitana de chocolate que compramos en el Mercadona. Y al día siguiente, ponernos las botas con “Planet Terror”, viendo cómo a Tarantino se le va la cabeza matando gente. Sed de venganza…
El caso, que después de todo el estrés de salir por ahí de juerga, decidimos irnso unas horas a un spa, como reinonas. ¡ASÍ, SÍ!
Y cómo no, para acabar, la que he bautizado como banda sonora de los fines de semana:

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