ROMA

Sin duda, uno de los mejores viajes que he hecho nunca. Aunque las cosas se trocieron nada más empezar.

A ver, empiezo desde el principio. Resulta que estando yo de tour por Suiza con mi hermano, un día me llama Mary Carmen (a la que a partir de ahora llamaré MC), para decirme que si me iba bien entre el 21 y el 29 de julio, compraba los billetes de avión de Granada a Roma. Y como yo me apunto a absolutamente TODO, claramente le dije que sí. Así que cogí mi regalo de Reyes de este año, más un poquito que saqué de mi mini-cuenta bancaria y acepté. LLegué de mi tour, deshice las maletas, las volví a hacer, y me fui, por cuarta vez en tres meses a Italia.

La cosa prometía, pero como siempre, hay cosas que no puedes controlar y que salen mal. El primer tramo del viaje era Olula-Granada en autobús. Bien. Pues éstas somos nosotras después de llevar 2 horas y media esperando el autobús bajo el sol andaluz de verano.

Autobús que, por cierto, nunca llegó a pasar, aunque la compañía se empeñase en lo contrario.
Pero no pasa nada, porque para eso está el comodín de papás, que nos llevan hasta Baza para poder coger el bus a Granada.

Y como no todo en esta vida va a ser gafe (bueno, cuando os cuente lo que pasó en Florencia puede que cambie de opinión), pues a una que pasa mala, pasa otra buena. Al llegar (¡POR FIN!) a Granada, una amiga de MC, a la que vamos a construir un monumento en el botellódromo de Granada, se ofreción para llevarnos al aeropuerto al día siguiente a las 6 de la mañana. Bueno, no se ofreció, en realidad nos obligó a llevarnos: cuando MC empezó a decir que no hacía falta que nos llevara, María del Mar sacó su Hulk interior y dijo: “¡MARY CARMEN, NO ME RAYES LA MENTE!” Y no pudimos decir nada. A esta tía hay que conocerla.
Así que allí estábamos al día siguiente en el avión, haciendo repaso de lo que íbamos a ver (gracias otra vez a Lonely-planet). MC (por cierto, no aclaré que MC es la misma de la receta de las espinacas), que es “más apañá qu’un jarrillo plástico”, se llevó una libretilla con notas sobre Roma: sitios donde comer, cosas que visitar, museos, precios y autobuses… información que había sacado de internet o de gente que ya había ido a Roma. En esto que pasa el azafato cachondo (mira que siempre tiene que haber algún personaje especial en los vuelos que hago últimamente) y ve el título que pone en el cuadernillo: “Roma- notas” y dice: “¿Roma notas? ¡Pero si todavía no hemos llegado!” JA    JA    JA. Parece que les hacen una prueba de ingenio para admitirlos.

El caso es que llegamos sanas y salvas a Roma. Y en la estación de tren Roma Termini, nos encontramos con la tercera turista.

Y fuimos al hotelillo. Un hotelillo bastante asequible, reservado por MC, quien no paraba de decir: “Madre mía, si es un antro, ¿qué hacemos?” Pero no. En realidad, nos sentíamos como Sisís emperatrices en esa habitación. El sitio, “Sergio House”, cerca de la estación Termini.

Esta niña, con cualquier trapito va mona.

Esa noche, fue una odisea. Caro dormía en la peor cama, así que lo poco que durmió, lo durmió mal. Conmigo, los mosquitos italianos se pegaron el festín de su vida, así que conseguí conciliar el sueño cuando los desgraciados consideraron que ya no me quedaba una gota de sangre no envenenada en mis venas, esto es, sobre las 6 de la mañana. Al día siguiente, suena el despertador y la primera en levantarse en MC. Se ducha, se viste, está ya lista, sale del cuarto de baño y nos ve a mí y a Caro en el sueño más profundo que se haya visto jamás. Y va la tía y nos despierta diciendo: “Pero ¿qué hacéis? ¡Pues sí que dormís profundo vosotras!” ¡Claro! porque no sabía la fiestuqui que tuvimos montada durante toda la noche.

Pero siguiendo con la teoría de que a una que pasa mala, pasa otra buena, al día siguiente Sergio nos tenía una sorpresita. LLegamos al desayuno y para depresión general (las pequeñas cosas a veces deciden el estado de ánimo de uno) los bollos eran de albaricoque. Hombre, siempre se prefiere chocolate o crema, pero si es de albaricoque, pues no pasa nada. Peeeeeeeeeeero, Caro no es de esta opinión y aunque tenga que remover cielo y tierra, se come un bollo de crema. Así que pone su carita de borreguito degollado y pregunta: “Perdón, ¿no tiene de chocolate?” La rusa, muy  maja ella, nos dice que no, y aunque era rusa, estaba muy metida en la cultura italiana porque, como si fuera una buena italian, hace un drama del hecho de que no haya bollos de chocolate y gritando a través de toda la recepción del hotelillo, dice: “SERGIOOOOOOOOOO, TE HE DICHO MIL VECES QUE COMPRES MÁS BOLLOS DE CHOCOLATE, QUE SE ACABAN PRONTO Y LA GENTE LOS PREFIERE DE CHOCOLATE” Todo esto, mientras Sergio dice : “¡MAMMA MIA, MAMMA MIA!” Nosotras, imaginando que habíamos desencadenado un conflicto que supondría la desintegración del grupo hotelero “Sergio house”, mirábamos al desayuno fijamente y callábamos. Pero en realidad, mucho ruido y pocas nueces: el grupo hotelero no se deshizo, y a los cinco minutos llegó Sergio, con tres bollos de chocolate. ¡Qué jefazo!

La verdad es que ir a Italia merece la pena aunque sólo sea para andar por la calle. No sólo por el paisaje, por la ciudad y los monumentos, sino por los personajes que te encuentras. Por ejemplo, la mujer de los periquitos que transmiten enfermedades. Una señora que se gana el pan con tres periquitos, sale a la calle y los pone en los hombros de la gente. Y eso es todo. Tres pequeños focos de infección que reportan ingresos. El truco está en salir corriendo a tiempo, incluso si el periquito sigue intentando mantener el equilibrio en tu hombro. O la loca Clara, una señora con un crucifijo del tamaño de un melón que se nos acercó para decirnos que teníamos que ir vestidas correctamente, con pantalones largos y jerseys de cuello alto, aunque estuviésemos a 37 grados en la sombra. Y de paso, nos explica un poquito el santoral, el evangelio, su vida y, por qué no, la de los últimos 5 papas.

Allá que vamos, a entrar en el Coliseo. En momentos como este, piensas: vuelo de Granada a Roma, 250 euros; alojamiento en sergio house, 23 euros la noche; almuerzo de ese día menú turista, 17 euros; entrar en el Coliseo, no tiene precio. ¡Y PARA UNAS MÁS QUE PARA OTRAS! JOJOJOJOJOJO. Nunca pensé que estudiar arquitectura fuera tan útil. Resulta que para los estudiantes de arquitectura e historia del arte, entrar a la mayoría de los monumentos en Roma es gratis. Lo mejor de todo, la cara de MC y de Caro mientras pagaban y a mí me daban la entrada con un sello que ponía: “GRATIS”. JOJOJOJOJOJO.

Paseando por Roma, de pronto nos dimos cuenta de que estábamos en medio de un circo romano. Se distinguían más o menos las trazas del recorrido y poco más. En esos momentos, a mí me suelen venir cosas a la cabeza. Recuerdos relacionados con los circos romanos. Y estaréis pensando, ¿qué clase de recuerdos puede tener una persona normal con un circo romano?. Habrá quien piense que es normal porque estudio arquitectura. Habrá quien piense que lo primero que se me vinoa la cabeza fue una imagen de mí, sentada en una mesa de mi escuela y describiendo en mi examen de historia del arte las tipologías más importantes de la época romana. Examen que, por cierto, suspendí. Pero no. La verdad es que lo primero que se me vino a la cabeza fue un videojuego de Astérix y Obélix que teníamos mi hermano y yo cuando éramos pequeños en el que la prueba más difícil, la última, era una carrera de cuádrigas contra el César en un circo romano. Luego, todo eso del examen.

Así que por fin entramos en Il Gesu. La verdad, una de las iglesias más lujosas que nunca hemos visto. En esos momentos no sabes muy bien dónde te encuentras, si en un palacio o en un lugar de recogimiento y oración. Uno más de los templos obscenamente ateos de Italia. Lo cierto es que uno se queda maravillado de lo que la fe es capaz de hacer. Realmente, mueve montañas, como Seguí en India, un personaje de unos 120 años que desafiaba a las leyes de la anatomía y a su propia resistencia física para atravesar una explanada de 1 Km a 40 grados en la sombra sólo para ver la obra de Le Corbusier en Chandigarh. Eso sí que es fe.

Después de 2 horas maldurmiendo, el día comenzó mal. Nada más sentarme en el bus, me doy cuenta de que no he bebido agua, y que tengo una sed mortal. Eso ya me carga, porque la próxima parada sería en unas 3 horas. Y ahí no acaba la cosa, porque me voy a echar para atrás y sorpresa, ¡MI ASIENTO NO SE ECHA PARA ATRÁS! Os podeéis imaginar mi agonía, ¿no? Pues a MC se le partía el bazo de la risa. En ese momento, decido tomar las riendas de mi vida, no ser una víctima nunca más, luchar contra la pasividad y el victimismo: ¡lucharía por un asiento en condiciones y por un poco de agua aunque tuviera que ir a los sindicatos! En esto que veo a una japonesa que se levanta del asiento de enfrente. MC me dice que le pregunte si se va a ir y yo, en mi nueva religión de “no al victimismo, arriba el despotismo (si la déspota soy yo, claro)” me siento directamente en el nuevo ex-sitio de la china, pruebo a ver si funciona, y la miro desafiante, como un lobo marcando territorio. Y al final, ¡ella se fue! Problema número uno solucionado. En cuanto estuvimos instaladas en nuestros nuevos sofás reclinables, la solución al problema número dos llegó caída del cielo. MC mira por la ventana y ve a un grupo de chinas (nuestro destino, siempre ligado a estas señoras para solucionar nuestros problemas) llenando botellas de una fuente. Y ella me dice: “Mària, ¿crees que ese agua será potable?” Según la versión de MC, ella recuerda que me preguntó si quería que me acompañara, a lo cual yo ni contesté porque en cuanto vi a las chinas, salí corriendo del bus, esquivé al guía, que estaba tratando de entenderse con unos portorriqueños en itañol, crucé la calle a toda velocidad porque el bus teóricamente salía en -7 minutos, llené la botella en la fuente, miré desafiante al bus, bebí agua de la botella, la rellené, volví a cruzar corriendo la calle y subí al bus de nuevo en un tiempo récord de 9 milésimas de segundo. que vengan los del COI al ver esta nueva marca. MC, por supuesto, con el bazo partido nuevamente, echándome fotos desde el bus. Con todo este estrés en el cuerpo, una se altera. Miras alrededor y no ves nada más que turistas. Quieres andar y no puedes porque las oleadas de japoneses te lo ipiden. Quieres ir al baño y está lleno de japoneses. Quieres echar una foto y no puedes porque hay un clan entero de japoneses posando para la foto. Pero, si están todos aquí, ¿quién queda en Japón?. Y lo peor de todo es que te miras a tí mismo y te das cuenta de que también eres un turista, como ellos. Así que al final hay que reconocerlo. Tengo un problema: ¡NO SOPORTO A LA GENTE!. Y si algún japonés osa a dirigirte la palabra, le contestas: “¡A MI NO HABLES Y MUCHO MENOS EN TU JERGA!”.

Y allá que van las nenas a Pompeya. Era el típico viaje organizado como el del anuncio del lasante: echa la foto y en cuanto llegues al bus la miras para ver qué has visitado.

Como teníamos tiempo, fuimos tranquilamente haciendo el mongui por Pompeya. Nos dio tiempo a hacernos un reportaje fotográfico la una a la otra:

A descubrir que en Popmeya también tenían cadenas de comida rápida, tales como “Pans and company”:

Y a jugar al esondite:

Pero cómo no, al final siempre tenemos que fastidiarlo todo. En esto que vamos buscando el teatro principal de la ciudad, cuando nos damos cuenta de que quedaban 20 minutos para que cerraran la ciudad. Así que entre perdernos el teatro y quedarnos encerradas en una ciudad, decidimos salir por patas de ese sitio. Pues nos costó la vida encontrar la salida, y al final, cómo no, tuvimos que correr a saco. Por supuesto, MC está en forma, así que hubo un momento en que para mí, ella se convirtió en un puntito en la lejanía:

Así que llegamos corriendo al lugar donde se iba a reunir el grupo entero para ir juntos al bus y, sorpresa sorpresa, no había nadie. Y ninguna de las dos recordaba cómo llegar al sitio donde estaba aparcado el bus. Y en la misma situación que nosotras, otros dos que ni siquiera hablaban un idioma reconocible. Le preguntamos a un hombrecillo que si había visto los buses y nos dijo que ya se habían ido. En esto que MC, desesperada, le pone el turbo y echa a andar para buscar el sitio donde estaban los buses. A ver, dos autobuses, uno de ellos de dos plantas, no pueden ser tan difíciles de encontrar, ¿no?. Así que allá van los cuatro, MC por delante, buscando el sitio, y los otros dos que hablaban en arameo y yo corriendo detrás de ella, cuando de pronto, lo supimos. Supimos que era perfecto. ¿Quién?. Pues quién va a ser, el hombre más perfecto que jamás hemos conocido, incluso antes que el David: ¡¡RICCARDO!! Nuestro guía perfecto, con la sonrisa perfecta, levantaba su brazo para llamarnos e indicarnos dónde estaba el bus. Algo así como en una telenovela cutre sudamericana cuando aparece el querido de turno, semidesnudo, galopando en un caballo blanco por la playa y envuleto en un halo de luz pseudodivina. Pues lo mismo. Ya nos imaginábamos tiradas en Pompeya. Aquí tenéis al sujeto en cuestión:

Claramente no podíamos echarle una foto de cara, pero bueno, a cambio tenemos mil fotos suyas de espaldas, que no está nada mal.

Pasado el primer disgusto, llegamos al hotel esa noche. Madre mía, sin ofender a Sergio House, pero es que éramos Sisís emperatrices bajando esas escaleras. Por la noche, cena en común, así que a sociabilizarse con el resto de turistas de viaje organizado. En esto que se sientan un par de chicos en nuestra mesa (con MC y conmigo) y nos saludan en italiano. Siguen hablando en italiano, aunque vieron la cara de “no-me-entero-de-absolutamente-nada”, hasta que desde la mesa de al lado se oye a una chica que dice, en castellano, a uno de los chicos que estaban allí: “¡Pero si serás imbécil! ¡Que son españolas!” Y entonces fue cuando, en castellano, nos indicó que era de Puerto Rico. A veces pasa que en estos viajes, una de las mejores cosas que pueden pasarte es conocer gente. Aquella noche tuvimos una de las conversaciones más disparatadas que hemos tenido en Italia. Y mira que MC y yo somos de lo mejorcito a la hora de decir chorradas. Por ejemplo, uno de los chicos no tenía muy claro dónde estaba España, así que optó por probar suerte, diciendo: “¿España está al lado de Brasil o estoy diciendo una burrería enorme y estáis pensando “este tío no es de este planeta”?” O por ejemplo, cuando les explicamos que éramos turistas y que no teníamos ni idea de italiano y muy poca de inglés, nos dijo, con cara de estar intentando resolver un enigma matemático de los chungos: “Pero si el guía habla en italiano y en inglés, vosotras, ¿qué?”. Y lo que es digno de mencionar porque marcó un antes y un después, es lo que uno de los portorriqueños dijo un día en el barco. De verdad, es para montarle un monumento. Resulta que el barco se retrasó y llegamos a Capri un poquito más tarde de lo que esperábamos, lo cual nos fastidió un montón porque no pudimos coger otro barco que salía para dar una vuelta por los alrededores de la isla. El guía, estresado porque aún tenía fe en que pudiéramos coger el siguiente barco, se subió en un altillo y empezó a gritarles a todos los de su grupo que se acercasen a él. El problema era que nosotros compartíamos el barco con una oleada de japoneses, así que uno de los portorriqueños que venían con nosotros quedó atrapado en el barco, esperando a que todos los japoneses bajaran. Cuando el guía, en mitad de su discurso hacia nuestro grupo se giró, miró hacia el barco y vio a la oveja perdida detrás de una manada de japoneses, empezó a fibrilary a gritar que bajara corriendo o perderíamos el barco, a lo que el chico, por señas, contestó:”Y qué hago, ¿me tiro y nado?” Debería convertirse en el credo contra todos aquellos que odian los viajes organizados y a los japoneses que se apuntan a los viajes organizados.

Después, Capri:

Viene a ser algo así como Mojácar, pero a lo super-chic. Todo el mundo es famoso, todo el mundo tiene un yate, todo el mundo viste como mínimo de Armani. Así que MC y yo, hartas del género masculino, decidimos que lo mejor era buscarse a un millonario que nos solucionara la vida, y pasarnos el resto de nuestros días bebiendo champagne en un yate e la costa de Capri. Bueno, para ser más exactos, yo confiaba en el encanto de MC para buscarse a ese millonario y que me aceptara a mí como su dama de compañía, claro está. Y tenía yo razón. Vagando por las calles de Capri, tardamos media hora nada más en encontrar a un tipo que deciá ser uno de los más famosos de la isla que quería invitar a MC a una copichuela. Toma ahí.

Efectivamente, en Capri, se respira dinero diluído en el aire. En esto que entramos en un bar, porque queríamos preguntar los precios (perdón, pero no nos dimos cuenta de que estaban colgados en el muro al lado de la puerta de entrada), así que vamos todo educadas y preguntamos: “Perdón, ¿la lista de precios?” A lo que nos responden: “¡FUERA!”. Así que intentamos comer en otro lugar, a ver si había suerte. Entramos en un barecillo cutre (“cutre” a lo “Capri”, no “cutre” a lo “Pescaderías de Almería”) y preguntamos: “Perdón, ¿aquí se puede comer?” A lo que nos reponden: “¡NO!” Será que huelen la pobreza… El caso es que al final encontramos unos bocadillos medio asequibles (por no utilizar el término “barato” en esta isla) y nos lo comimos en el rincón más humilde de la ciudad:

Como siempre, una de las mejores actividades es vagar por la ciudad sin rumbo. Algo así como en Venecia, no existe mapa descifrable para la ciudad. El GPS se vuelve loco y se autodestruye. Y como siempre, las mejores cosas pasan cuando no las planeas. De este modo, encontramos un sitio de cuento, un parquecillo con un viejo edificio que tenía unas vistas a la bahía que quitaban la respiración.

Y uno de los momentazos del verano, el limoncelo en la ciudad, con los pies colgando y mirando hacia la costa, monísimas de la muerte con nuestros vestidos y disfrutando de las circunstancias al máximo. ¡Mary, pasará a la historia!

Por ello, puedo decir que sin duda, lo mejor del viaje, ha sido la compañía. Gracias Caro (y Sergio por el hospedaje en Perugia), gracias MC. No hay nada mejor que viajar con vosotras. Sobre todo, gracias por la cantera de chorradas que hemos dicho. Por ejemplo. Un día en el que estábamos ya reventadas hasta no más poder y ni siquiera nos teníamos en pie, comiendo en un barecillo, yo casi me quedo dormida encima de la mesa. Era ese momento del cansancio en que no controlas verdaderamente tus movimientos, creo que porque tu cerebro no puede asimilarlos porque no tiene las neuronas al 100% de su rendimiento. Por eso, puedes hacer algún movimiento que tu cerebro ni asimila ni controla. Por eso, le dije a MC: “Tía, a veces hago cosas que no comprendo”. A lo que ella me responde: “¡Puf! Imagínate los demás”. MC, gracias por tu apoyo moral. Como venganza, te recuerdo que tú dijiste más de una vez lo de “Máximo ‘Agustino'” (cuando en realidad es “Augusto”. MC, ¿en qué estabas pensando?) JO JO JO JO JO.

Por cierto, para que veáis lo pequeño que es el mundo. Me encontré, en un ferri entre Capri y Nápoles, a dos compañeras de la escuela de Madrid que estaban de erasmus en Milán. ¡WO!

Y para rematar el viaje, Florencia, o lo que es lo mismo, la serie de catastróficas desdichas más aterradora que jamás se haya conocido.

Primero, el fallo de los trenes. Y por primera vez, el fallo no fue de los trenes italianos, sino nuestro. Para que lo sepais si pretendéis ir a Italia. Para ir de Perugia a Florencia hay que coger un tren y hacer trasbordo en una ciudad. Y una recomendación para los que cojáis el tren: NO OS DURMÁIS SI TENÉIS QUE HACER TRASBORDO. Y claro está, si veis que de pronto el tren cambia de sentido, es que algo va mal. Pues bien, ésta es la foto de MC en la estación de tren de Terontola, maldiciendo a los dioses del destino por habernos pasado la estación del transbordo.

Así que el macroesfuerzo que hicimos por levantarnos temprano y todo lo que corrimos para no perder el tren (que llegamos a cogerlo en Perugia 30 segundos antes de que saliera), al carajo.

El caso es que una vez llegadas a Florencia, decidimos un plan de ataque que no podía fallar. Era la tercera vez que yo habçia ido a Florencia, así que dejé que MC fuera a ver el David a la Academia mientras yo iba a la galería de los Ufizi a ver la Venus de Boticelli, que no la había visto. Pero, ¿a que no sabéis qué día era? Lunes. Y ¿qué pasa los lunes? Pues que los museos cierran. Sin comentaios.

Derrotadas, decidimos ir a comer a un restaurante que le habían recomendado a MC. Pasamos por lo menos 1 hora buscando el restaurante, que se encontraba en el quinto y culto pino. Pues lo encontramos, sí señor. Pero ahora yo me pregunto, ¿QUÉ CLASE DE RESTAURANTE EN ITALIA CIERRA EN VACACIONES DE VERANO? Restaurante, cerrado.

(Ese puño cerrado en la mano quiere decir “se están repartiendo guantazos y los dueños de este sitio tienen todas las papeletas”)

¿Puede pasar algo más que noa fastidie el día? Pues sí. En pleno mes de Julio, en Florencia, se pone a llover.

Pero efectivamente, una de cal y otra de arena. A pesar de todo, al final tuvimos uno de nuestros momentazos: helado de “La Carraia” viendo atardecer en el río. Momento sublime, como el de Rejas en Blonay o el de Jesús en Lausanne. Lo mejor de todo, que era de Vainilla con Cookies, y no hay nada como comerse un supertrozo de cookies, de estos enormes, las dos señoritas, con los pies colgando en el puente. ¡Así, sí! Además, al mal tiempo, buena cara. Así que allá vamos, por la calles de Florencia, con un subidón de cookies que no veas, cantando “Dov’é l’amore?”, de Cher, o lo que es lo mismo, “Dov’é la More?” (para los que no lo sepáis, more=MC; jeje, si Einstein levantara la cabeza, ¡se daría con la tapa!). MC, ya se te podía haber ocurrido una canción menos cutre para contagiarme, de verdad.

Y como se dice a menudo, lo bueno, si breve, una putada. Pero las cosas malas es mejor afrontarlas con buen humor, a lo que nos ayudó el hermano de Sergio, cuando volvimos a Roma y volvimos a hospedarnos en Sergio House para coger el avión al día siguiente. LLegando al sitio, cuando nos lo cruzamos por la calle, nos vio, nos reconoció, y con una sonrisa de oreja a oreja nos grita: “¡¡¡¡¡¡¡CHOCOLATTI!!!!!!!”. ¡Qué jefazo!. Y mejor aún, última noche, sin fuerzas para tenernos en pie, ¿qué hacemos? Pues salir a tomarnos un cóctel al trastévere, con Caro, Carlos y Joaquín, que habían venido de turismo también. Fíjate, toda la vida viviendo en el mismo pueblo y vengo a conocer a Joaquín en Roma. ¡Lo que hay que ver!.

En conclusión, en 3 meses, he ido 4 veces a Italia. Se podría decir que lo que más me ha gustado de Suiza ha sido… ¡Italia! Y todavía me queda Verona, Padua, Vicenza, Sicilia y Cerdeña… ¿Alguien se apunta?

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